3.5.17

¿Cómo elevarme si no tengo con qué?

Coloco el peón de madera encima de la mesa. Lo observo. Un peón. Una pieza que solo se mueve hacia delante, que no puede mirar hacia atrás; que se mueve a pequeños pasos. Que no puede girar y cuyo punto de apoyo solo es el suelo.
Analizo detenidamente todos sus rincones. Busco sus imperfecciones. Y me veo. Firme, con la base en la tierra. Está elevándose hacia lo infinito, pero siempre teniendo en cuenta que solo puede moverse en una dirección.
En realidad no me veo.
Dejo de observar el insignificante peón, posándolo sobre mi mesa de noche. Me levanto de la cama y dirijo mi mirada hacia la ventana. Luz. Es lo único que puedo ver. Nada más. Me elevo. Mis pies en el suelo, las raíces atándome a mi existencia. Busco el sol, me alimento de él. Adquiero los nutrientes y absorbo felicidad; algo que siendo un peón no podría lograr.
De repente, un tirón en mis raíces, un impacto contra el suelo. Me despierto sumergida en el océano. Miro hacia arriba, el sol queda lejos. Como si se me hubiese olvidado, noto que me ahogo, que necesito el aire, pero en vez de subir me hundo cada vez más en lo profundo y en la inmensidad. Unas manos invisibles, unos dedos, unas redes, me atrapan y tiran de mi. Ya no puedo ver ningún atisbo de luz a mi alrededor. Ya no veo nada.
Decido sumergirme hasta tocar la arena. El suelo, mi soporte, ya no lo encuentro.
Me siento un edificio. Me derrumbo, me construyo, me vuelvo a derrumbar. Los cimientos siguen siendo los mismos y por eso soy inestable. Sin mi base no puedo hacer nada. Sin sustrato no puedo crecer. ¿Cómo elevarme si no tengo con qué?
Está todo oscuro. Deambulo sin saber hacia donde dirigirme por décadas, en un espacio tan amplio y tan hueco como claustrofóbico. Me choco contra algo sólido e invisible. Lo palpo con las yemas de mis dedos, con miedo Es una escalera. Aferrándome a sus barrotes, subo por ella. Es un camino sin fin. Mis fuerzas disminuyen, siento que he de rendirme. Vuelvo a acordarme de que necesito oxígeno para vivir. No puedo respirar. Ya todo está perdido. Una voz me susurra que no, que lo perdido se encuentra en el fondo del mar y que las penas debo dejarlas atrás. Abro los ojos y elevo mi mirada hacia la superficie. Ya no todo es negro; ahora solo es un poco gris. Me pregunto qué me deparará el mundo de arriba y recupero las fuerzas. Dedico mi sudor y esfuerzo en lograr ver lo que hay más allá. Lo gris se desvanece. La escalera ha dejado de existir. No tengo guía. Me niego a mirar de nuevo hacia abajo. Muevo los brazos impulsándome brúscamente contra un cristal que se rompe y que separaban la superficie del fondo del océano.

Estoy sentada. Me aferro contra las paredes de mi bañera, jadeando, empapada y temblando. Me tranquilizo y sonrío. Me echo hacia atrás sumergiéndome de nuevo y me despierto sudando en mi cama. Me siento en ella y enciendo la luz de la lámpara que se encuentra sobre mi mesa de noche. Cojo el peón y lo observo con una diminuta sonrisa en los labios. Lo real ha dejado de ser un sueño. Los sueños han comenzado a ser reales.

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