26.12.14

Tormenta

Te consume. Pero no lo ves. Es invisible e intenso. Una presión. Un murmullo con sabor metálico, una caricia con el efecto de un golpe. La tormenta comienza y no termina. Te despiertas; irónico cuando no has dormido en toda la noche, y las sábanas se vuelven más pesadas, la cama un imán enorme y tú un pedacito de metal insignificante. Todo es negro, todo es frío. La cabeza te da vueltas. Quieres dejar de pensar pero es imposible. Los pensamientos, buenos y malos, vienen y van. Hasta que te das cuenta de que has estado mirando hacia esa pared durante veinte minutos pensando en todo y en nada. Con una fuerza digna de admirar, te sientas en la cama y coges tus pastillas. Las miras y otros cinco minutos se han perdido en el espacio-tiempo. Te las tomas y esperas poder aguantar este día que no hizo más que empezar. Te duchas, te vistes, desayunas, te lavas los dientes y recoges todo lo necesario para llevar. Miras por la ventana y un nudo no te deja respirar. Te miras al espejo y respiras hondo. Abres la puerta de salida y das dos pasos hacia delante. La tormenta acaba de mostrarse. El pánico se apodera de ti. Vuelves corriendo a la seguridad de tu casa y cierras la puerta con llave. Jadeas, sudas, te arden los ojos y los pulmones. Caminas a tu habitación tirando al suelo la ropa y todo lo que llevabas encima. Te metes en la cama adoptando una posición fetal solo con tu ropa interior y te tapas hasta arriba. Agarras las sábanas temblando. Comienzas a llorar y el llanto aumenta con cada minuto que pasa. La culpa y la autocompasión te pisotean. Piensas en todo. Piensas en nada. Hasta que Morfeo, apiadándose de tu alma, te recoge en brazos y caes bajo su embrujo un día más.

1 comentario:

Un mundo lleno de Libros dijo...

Hola, me encanto cada palabra escrita. Acabo de quedarme en tu blog es hermoso tu contenido todo en el espero y tú te puedas pasar en el mío sería de gran ayuda.

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Muchas gracias por tu comentario.