17.7.14

Exhalación

Una carretera, de asfalto desgastado, presidía una de las calles más marginales de la ciudad. Las aceras, con el pavimento levantado y resquebrajado casi impedían caminar sin tropiezos. Las únicas flores que se apreciaban eran las de las macetas puestas en el alféizar de las ventanas de los humildes pisos construidos a ambos lados de la calzada.

Una nube más negra que gris, tapaba, ocultándolo; por completo cualquier rayo de sol existente y amenazaba con descargar la lluvia con fuerza.

Las gotas de agua comenzaban a caer contra los cristales de la única cafetería existente entre aquellas calles. Los transeúntes corrían de un lado a otro para no mojarse mientras los escasos clientes del café observaban desde el interior el magnífico espectáculo.

Una mujer ajada, de pelo corto y ondulado; color avellana, terminaba su café tranquilamente mirando por la ventana. Una vez acabado, mira el reloj y exhala un suspiro con aire cansado y triste.

Decidida, sale de la cafetería y corre cubriéndose con la chaqueta hacia su casa, cuando un coche de grandes proporciones impactó con su cuerpo haciéndola rodar varios metros lejos del vehículo; dejándola apenas consciente, con varias heridas.

Aquel suspiro le evocaba la misma mañana de ese primer lunes de noviembre, cuando, con los primeros rayos de sol, se ajustaba sus medias de rejilla y su “uniforme de trabajo”.

Con los zapatos de tacón en una mano, abre despacio y con cuidado, la puerta de su habitación. Entra de puntillas tratando de emitir el menor ruido posible, para no despertar a la pequeña criatura que dormía en su cama. Se inclina sobre ella y deposita un suave beso en su frente, peina su pelo y la arropa con cariño y delicadeza. Sale de la habitación con aire apurado. Coge las llaves y sale de aquel cuchitril llamado “hogar”.

Se coloca los tacones y se repasa los labios con un tono burdeos para hacer su boca más grande y apetitosa. 

Coge aire sintiendo una angustia en su pecho. Su trabajo no era el más digno, los sabía, pero las circunstancias de la vida la habían llevado a aquel extremo.

El frío ponía su piel de gallina. Solo encontraba el calor y el placer en el fondo de una botella de licor, pues los hombres ya no le proporcionaban absolutamente ningún sentimiento de placer.

Entonces el suspiro. Se abrazaba a sí misma y a la botella. Tan frágil y solitaria. Lo ganado le daba para un café y comida para dos días. Sabía, cuando el auto la golpeó, que toda esperanza de salir de aquella situación se había desvanecido por completo; y el suspiro, su único grito desesperado de auxilio.

1 comentario:

Sab Sognatore dijo...

Lo dicho, me paso para quedarme. Y es que cómo no hacerlo si has logrado transmitirme cada segundo de la escena con tus palabras.

Un abrazo,
S.

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