13.10.17

Echar de más lo que de menos

Echo de menos la calma.
Echo de menos el sonido del océano Atlántico al chocar contra la arena de la orilla. Echo de menos su olor. La arena mojada cubriendo mis pies descalzos. El cielo azul y gris. Más gris que azul. La lluvia fría sobre mi piel; sobre mi ropa, sobre mi pelo. El frío cálido de la lluvia, la brisa y el mar. Los pájaros volando rápido en busca de un refugio. El frío cálido de su piel al tocar la mía en un abrazo. Sus manos en mi espalda. En mi nuca. Sus labios fríos. Su lengua caliente. Sus ojos. Su olor. Su pelo. El sonido del fuego en la hoguera bajo un manto de estrellas. El tacto de la suave y fina tela de una toalla de algodón. El click de una cámara instantánea. Las risas.

Inspiro cerrando mis ojos. Estoy allí. Espiro. De vuelta a Madrid.

3.5.17

¿Cómo elevarme si no tengo con qué?

Coloco el peón de madera encima de la mesa. Lo observo. Un peón. Una pieza que solo se mueve hacia delante, que no puede mirar hacia atrás; que se mueve a pequeños pasos. Que no puede girar y cuyo punto de apoyo solo es el suelo.
Analizo detenidamente todos sus rincones. Busco sus imperfecciones. Y me veo. Firme, con la base en la tierra. Está elevándose hacia lo infinito, pero siempre teniendo en cuenta que solo puede moverse en una dirección.
En realidad no me veo.
Dejo de observar el insignificante peón, posándolo sobre mi mesa de noche. Me levanto de la cama y dirijo mi mirada hacia la ventana. Luz. Es lo único que puedo ver. Nada más. Me elevo. Mis pies en el suelo, las raíces atándome a mi existencia. Busco el sol, me alimento de él. Adquiero los nutrientes y absorbo felicidad; algo que siendo un peón no podría lograr.
De repente, un tirón en mis raíces, un impacto contra el suelo. Me despierto sumergida en el océano. Miro hacia arriba, el sol queda lejos. Como si se me hubiese olvidado, noto que me ahogo, que necesito el aire, pero en vez de subir me hundo cada vez más en lo profundo y en la inmensidad. Unas manos invisibles, unos dedos, unas redes, me atrapan y tiran de mi. Ya no puedo ver ningún atisbo de luz a mi alrededor. Ya no veo nada.
Decido sumergirme hasta tocar la arena. El suelo, mi soporte, ya no lo encuentro.
Me siento un edificio. Me derrumbo, me construyo, me vuelvo a derrumbar. Los cimientos siguen siendo los mismos y por eso soy inestable. Sin mi base no puedo hacer nada. Sin sustrato no puedo crecer. ¿Cómo elevarme si no tengo con qué?
Está todo oscuro. Deambulo sin saber hacia donde dirigirme por décadas, en un espacio tan amplio y tan hueco como claustrofóbico. Me choco contra algo sólido e invisible. Lo palpo con las yemas de mis dedos, con miedo Es una escalera. Aferrándome a sus barrotes, subo por ella. Es un camino sin fin. Mis fuerzas disminuyen, siento que he de rendirme. Vuelvo a acordarme de que necesito oxígeno para vivir. No puedo respirar. Ya todo está perdido. Una voz me susurra que no, que lo perdido se encuentra en el fondo del mar y que las penas debo dejarlas atrás. Abro los ojos y elevo mi mirada hacia la superficie. Ya no todo es negro; ahora solo es un poco gris. Me pregunto qué me deparará el mundo de arriba y recupero las fuerzas. Dedico mi sudor y esfuerzo en lograr ver lo que hay más allá. Lo gris se desvanece. La escalera ha dejado de existir. No tengo guía. Me niego a mirar de nuevo hacia abajo. Muevo los brazos impulsándome brúscamente contra un cristal que se rompe y que separaban la superficie del fondo del océano.

Estoy sentada. Me aferro contra las paredes de mi bañera, jadeando, empapada y temblando. Me tranquilizo y sonrío. Me echo hacia atrás sumergiéndome de nuevo y me despierto sudando en mi cama. Me siento en ella y enciendo la luz de la lámpara que se encuentra sobre mi mesa de noche. Cojo el peón y lo observo con una diminuta sonrisa en los labios. Lo real ha dejado de ser un sueño. Los sueños han comenzado a ser reales.

19.9.16

Safelight

Luz.
Destello.
Atisbo de un camino,
un largo camino
que debemos recorrer
hoy,
mañana,
ayer.
Todo era más fácil
ayer;
mentira.
Buscar un nuevo horizonte
siempre ha sido
difícil,
duro,
sensible.
Siempre hemos necesitado
un faro,
una luz suave que nos guíe.
A la deriva es fácil perderse en uno mismo.
Una linterna no es suficiente,
no es suficiente
una vela,
una cerilla,
una chispa.
No es suficiente.
Ni las estrellas,
ni la luna,
ni el sol.
Nada es suficiente
cuando te encuentras
metido
incrustado
más allá
del túnel,
del suelo,
del centro de la tierra
que mencionaba Julio Verne.
En un pozo,
en aguas profundas
y tinieblas.
Qué faro logrará sacarme de aquí?
Mis cerillas se han mojado
con el mar de mis lágrimas
dulces,
como los besos y las caricias que me guiaron
hacia la muerte segura
como el camino del Titanic hasta el iceberg.
Me sedujiste
de alguna forma
extraña
e incomprensible.
No te vuelvas a acercar.
Soy más fuerte ahora.
Más fuerte que nunca.
Y perdida.
Qué he de hacer ahora?
Nunca había imaginado que crecer
se volvería tan
efímero.
Nada es eterno
me dijeron.
Nada es eterno,
comprendí.
El tiempo es lo más valioso.
Sigo siendo bastante rica a pesar de haber malgastado ya parte de mi fortuna
sobretodo en ti.
Ahora debo pensar
detenidamente
donde gastar lo que me queda.

13.6.16

Vorágine interior

Tengo un cuerpo.
En él habitan personas completamente diferentes e incluso opuestas. 
Una de ellas cree en el mundo en el que vive, en las apariencias y las pertenencias, en la necesidad de seguirle a todo la corriente, en mantener relaciones sociales con gente que ni siquiera cae bien porque es lo que se debe hacer
Otra de ellas se vuelve un grito de enfado, desesperación y de auxilio cuando la anterior está colapsada.  Chilla y golpea, se hace oír mediante pinchazos dolorosos.
Una es soñadora, optimista; la otra es pesimista, celosa, envidiosa; existencialista.
Una es una fachada, la otra es una vorágine de verdades.
Cuando todas se colapsan y algo estalla dentro de mi me callo y me vuelvo pequeña y comprendo una realidad que me gustaría solamente soñar.

27.3.16

Escribo con la tinta del agua salada de mis ojos

He hablado del amor sin saber realmente lo que era. 
He imaginado unos labios que me besaban, las caricias de unas manos distintas a las mías, susurros de amor, miradas de fuego y regalos sin precio.
He soñado con un tipo de felicidad que no creía merecer ni poder alcanzar.
Y aquí estoy ahora. Muda. Sin ser capaz de escribir a menos que sienta dolor. A menos que el mundo se vuelva un poco pesado entre mi cabeza y mis pies.
No escribo para los enamorados. no escribo para los descorazonados. Escribo para las almas sensibles. Para las madrugadas terribles con o sin resaca.
Coloco sobre la mesa un puzzle que voy resolviendo mientras silbo la famosa canción de la muerte. Espero paciente el momento en el que el rompecabezas deje de ser tan difícil, esperando que la canción que silbo no se termine todavía.
Las manos que me mantenían en una penumbra, en una oscuridad negra y profunda eran unas que conocía. Pero que no comprendía tan bien como creía. Pues eran las mías. Otras manos. Innumerables. Quitaron mis propias manos de mis ojos y me mostraron que el cielo no era del todo oscuro de noche, y que había estrellas brillantes y una luna. Tan grande como mi corazón y tan brillante como mi piel. Me mostraron un tono de azul diferente al del cielo, diferente al del mar. Mi propio azul. Mi propio mar. Azul tormenta, océano. Azul frenesí. Mi azul. Mi esencia. Mi yo. Un cactus, un melocotón, un palo rodeado de algodón de azúcar, una sirena y un unicornio.
Un poco de sonrisas y lágrimas saladas.
Un poco de ti y un poco de mi.

30.12.15

La vida


Innumerables veces me he descubierto a mi misma pensando en los distintos futuros, caminos y destinos que podría haber tenido mi vida; preguntándome qué hubiera pasado si en ese momento hubiese contestado de otra forma a aquella pregunta, si hubiese decidido alzar la voz a quedarme callada, si me hubiese acercado a hablar con ese grupo de personas...
No creo en el destino escrito.
Creo en aquel que se compone de los actos que realizamos en nuestra vida cotidiana.
Sé que cada decisión que tomamos cambia nuestra forma de pensar, de ser, de comportarnos y que estas marcarán el camino que finalmente tomaremos. Obviamente hay decisiones más importantes que tomar que por ejemplo decidir qué vas a comer ese día, pero todas nos dirigen a muchas otras decisiones. Si lo imaginamos de forma cinematográfica e incluso algo dramática, nos encontraríamos en un pasillo sin final, completamente lleno de puertas a ambos lados. Al elegir una nos encontraríamos lo mismo en el siguiente pasillo y así sucesivamente. Si esta noche no hubiese cambiado a ese canal, no hubiese dejado la película y me interesara por ella; puedo casi asegurar que no estaría escribiendo esto ahora mismo. La vida.